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Tratamiento
Medidas higiénico dietéticas
Evitar los factores precipitantes de las crisis
conocidos:
Alimentación exenta de alergenos y excitantes como
el chocolate, café, te, alcohol, grasas, embutidos y
picantes.
Sueño moderado, sin hipersomnia o insomnio, pues
ambos extremos son nocivos.
Podrá conducir vehículos con tratamiento
acompañante pero exclusivamente de día, ya que por
las noches las luces intermitentes del tránsito son
estimulantes y potenciales activadoras del foco
epileptógeno.
Vitaminoterapia:
El complejo vitamínico B (tiamina, piridoxina y B12)
posee un efecto beneficioso sobre el sistema
nervioso y puede ser empleado en estos pacientes.
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Drogas antiepilépticas:
Los mecanismos de acción de estas drogas pueden
dividirse globalmente en tres grandes grupos:
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GRUPO I -
Drogas que aumentan la inhibición central:
benzodiacepinas, fenobarbital, primidona,
vigabatrín, ácido valproico, tiagabide y
eterobarb.
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GRUPO II -
Drogas que inhiben los mecanismos excitatorios
como la lamotrigina.
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GRUPO III -
Drogas que modifican la excitabilidad a través
de su acción sobre canales iónicos.
Drogas que actúan sobre los canales de Na+:
difenilhidantoína, carbamazepina, ácido
valproico, lamotrigina, oxcarbazepina.
Drogas que actúan sobre los canales de Ca++:
etosuximida.
Drogas que actúan sobre los canales de K+:
cromakalim, carbamazepina.
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GRUPO IV -
Drogas cuyo mecanismo de acción permanece
desconocido: felbamato, topiramato, gabapentín,
estiripentol, zonisamida, leviracetam.
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El tratamiento siempre debe comenzar con una sola
droga, ya que esto permite un adecuado control de
las crisis en el 70% de los enfermos, no se
presentan las interacciones farmacológicas entre las
diferentes drogas y sobre todo se reduce la
toxicidad. La elección de la droga debe efectuarse
teniendo en cuenta el tipo de crisis presentada por
el paciente. Se debe comenzar el tratamiento con
bajas dosis que se incrementan gradualmente hasta
alcanzar el control de las crisis o hasta que
aparezcan los primeros efectos colaterales (dosis
máxima tolerada).
Si el paciente no logra controlar las crisis a pesar
de haber recibido la monoterapia a las dosis máximas
toleradas, se debe reemplazar el fármaco por uno de
segunda elección, realizando el cambio en forma
gradual. Si a pesar de ello, las crisis persisten se
debe optar por la politerapia, administrando varios
antiepilépticos con diferentes mecanismos de acción
en forma combinada.
Es muy importante evitar la suspensión brusca del
tratamiento por la posibilidad de favorecer la
aparición de crisis o de un estado de mal
epiléptico.
Tratamiento quirúrgico
La cirugía se utiliza en ciertos tipos de epilepsia
cuando el tratamiento farmacológico ha fracasado. En
las epilepsias secundarias a lesiones cerebrales
focales restringidas o la epilepsia del lóbulo
temporal la cirugía se impone como una forma segura
y efectiva para el tratamiento. En cambio, este tipo
de tratamiento esta contraindicado en las epilepsias
idiomáticas, parciales o generalizadas, donde existe
un componente genético importante, así como en las
enfermedades neurológicas metabólicas o
degenerativas progresivas. La cirugía consiste en la
resección de la zona epileptógena o el aislamiento
de la misma para limitar la propagación de la
descarga eléctrica, y en consecuencia, las
manifestaciones clínicas de las crisis. Es posible
llevar a cabo la operación cuando el área a resecar
es accesible y se trata de un sector del cerebro que
no cumple ninguna función importante.
Expectativas (pronóstico)
El pronóstico de las epilepsias depende de varios
factores como son: la etiología, el tipo de crisis,
la edad de comienzo y la rapidez con que se instaure
un tratamiento adecuado. En general, el pronóstico
es tanto peor cuanto mayor sea la evidencia clínica
o radiográfica de lesiones orgánicas cerebrales,
cuanto más bajo sea el nivel intelectual, si el
paciente sufre de más de un tipo de ataques, si la
edad de comienzo fue muy precoz y cuanto más larga
sea la duración de la enfermedad. Sin embargo, hay
que destacar que hay síndromes absolutamente
benignos que remiten por completo; otros que, sin
desaparecer, son controlables con la medicación y
permiten una vida normal, y otros, por último, que
son rebeldes al tratamiento.
Es posible hacer un pronóstico muy aproximado de la
evolución desde los primeros meses; si el paciente
responde al primer tratamiento y está libre de
crisis durante 1 o 2 años, tiene un 95% de
probabilidades de remisión de la enfermedad. Por el
contrario, si los ataques no cesan a pesar del
tratamiento y persisten durante 5 años, las
probabilidades de remisión descienden al 40%.
La mortalidad específicamente relacionada con la
epilepsia se debe al riesgo de sufrir estados de mal
convulsivo y accidentes o asfixia durante los
ataques. La mayoría de los estudios sugieren que los
pacientes epilépticos tienen una tasa de mortalidad
ligeramente superior a la de los individuos
controles de la misma edad. Sin embargo, el exceso
de mortalidad lo soportan poblaciones seleccionadas
de enfermos epilépticos con lesiones cerebrales
graves y crisis incontroladas. La gran mayoría de
los enfermos epilépticos sin lesiones orgánicas
cerebrales graves, de nivel intelectual normal y con
crisis bien controladas, no tiene una mortalidad
significativamente mayor que el resto de la
población.
La tasa de suicidios es ligeramente superior a la
media general debido a los trastornos de la
personalidad y a las alteraciones psicóticas
interictales que presentan algunos enfermos.
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